sábado, 6 de septiembre de 2014

- Traeré dos tazas de café, una para ella y otra para mí, se sentará justo en el borde del sofá y yo me haré en la alfombra, me gustará verle en contrapicado y pensaré que es como admirar los rayos del sol atravesar las hojas que están en las copas de los árboles. Hablará de sus viajes al viejo continente, me contará de las noches al lado del Támesis y de las mañanas cálidas en Greenwich; de las fiestas en tacones y de los bailes con disfraces; que ha caminado por tantos bulevares y uno que otro paseo en bicicleta; de capuchinos espontáneos y de prendas tornasol; del clima cambiante y de los miles de sabores en las comidas exóticas; del día en que conoció la nieve y de aquella vez que le rompieron el corazón; dirá que detesta la política y que de cierto modo cree en el destino; me contará muy bien cómo ha llegado de manera casi mágica hasta este lugar y que aunque no sabe mucho del futuro espera ansiosa el porvenir. Hará una parada técnica, sus labios en el borde de la porcelana mientras sus dos manos agarraran la taza, después volverá a su posición natural y preguntará por mi opinión, una sonrisa se me escapará y un “sígueme contando saldrá de mi boca, yo estaré mirando fijamente la forma en que articula sus palabras, mirando los ojos y después los labios y de nuevo sus ojos. Todo esto pasará mientras logro imaginar que estoy en cada una de sus historias, como si me entregara sus memorias para que las haga mías y para que jamás me olvide que hemos vivido dos veranos en Londres mientras bebíamos café en la sala de mi apartamento-

-Manuel.

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