- Traeré dos tazas de café, una para ella y
otra para mí, se sentará justo en el borde del sofá y yo me haré en la
alfombra, me gustará verle en contrapicado y pensaré que es como admirar los
rayos del sol atravesar las hojas que están en las copas de los árboles. Hablará
de sus viajes al viejo continente, me contará de las noches al lado del Támesis
y de las mañanas cálidas en Greenwich; de las fiestas en tacones y de los
bailes con disfraces; que ha caminado por tantos bulevares y uno que otro paseo
en bicicleta; de capuchinos espontáneos y de prendas tornasol; del clima
cambiante y de los miles de sabores en las comidas exóticas; del día en que
conoció la nieve y de aquella vez que le rompieron el corazón; dirá que detesta
la política y que de cierto modo cree en el destino; me contará muy bien cómo
ha llegado de manera casi mágica hasta este lugar y que aunque no sabe mucho
del futuro espera ansiosa el porvenir. Hará una parada técnica, sus labios en
el borde de la porcelana mientras sus dos manos agarraran la taza, después
volverá a su posición natural y preguntará por mi opinión, una sonrisa se me escapará
y un “sígueme contando saldrá de mi boca, yo estaré mirando fijamente la forma
en que articula sus palabras, mirando los ojos y después los labios y de nuevo
sus ojos. Todo esto pasará mientras logro imaginar que estoy en cada una de sus
historias, como si me entregara sus memorias para que las haga mías y para que
jamás me olvide que hemos vivido dos veranos en Londres mientras bebíamos café
en la sala de mi apartamento-
-Manuel.
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